Autor: Marcos Muelas

  • FECHA

    02 de agosto 2022

La escritura como forma de vida. Una historia que contar.

He creado mundos. Puedo hacer llover a mi antojo. He jugado con la física y la realidad, doblegando a esta última a mi voluntad. Puedo ver dentro de la cabeza de la gente. He viajado a través del espacio y del tiempo con tan solo un pensamiento. Puedo convertir mis caprichos en realidad. Soy culpable de la destrucción de ciudades y del patrimonio de la Humanidad.  He matado más veces de las que puedo recordar. Algunos se lo merecían, otros no.  Pero no tienes que preocuparte. Mis manos no están manchadas de sangre, pero si de tinta. Solo es ficción. Soy escritor y me dedico a contar historias.

No poseo ningún don que me otorgue omnipresencia ni sé más que los demás. Pero tengo imaginación, de hecho, mucha imaginación. Y mi forma de expresión son las letras.

Pero el mérito no es mío, ni mucho menos. Fue hace más de cinco mil años cuando empezó esta aventura. En esos tiempos los sumerios hacían sus primeras incursiones en el mundo de la escritura. Casi a la vez los egipcios ya tenían la inquietud de dejar grabadas sus historias a través de los jeroglíficos. Y casi por arte de magia la humanidad comenzó a tener un legado inmortal. Las vasijas, tablillas y paredes se convirtieron en trasmisores de estas primeras comunicaciones. Entonces el conocimiento podía llegar a las generaciones futuras intacto, sin diluirse o tergiversarse con el boca a boca.  No tardó en llegar el papiro, que hizo que las palabras pudieran ser trasportadas y almacenadas con mayor facilidad. Aun así tuvieron que pasar miles de años antes de que los chinos inventaran el papel. Y llegamos al 1440 cuando el bueno de Gutenberg obró el milagro creando la imprenta. Con ello los libros podían producirse más rápido y a un coste más asequible. Se asentaban las primeras bases para que el conocimiento estuviera al alcance de todos. Y rizando el rizo llegamos a 1867 cuando Chritopher Latham inventó la ruidosa máquina de escribir, ahora herramienta para los más nostálgicos. Con este invento se facilitó la labor de los escritores que pudieron dejar de lado el tintero y la pluma. Aún tuvo que pasar más de un siglo para que aparecieran los primeros ordenadores personales. La escritura quedó al alcance de todos. Llegamos al siglo veinte y los libros se transformaron a formato digital. Es por ello que en un pequeño dispositivo somos capaces de albergar miles y miles de libros que podemos llevar encima a todas partes.

Pero estos cachivaches informáticos aún no son capaces de producir el aroma que emana un libro. ¿Tantos avances tecnológicos y a nadie se le ha ocurrido sintetizar un perfume con esa fragancia? ¡El olor de un periódico recién impreso mezclándose con el del café! ¿Hay acaso una mejor forma de comenzar el día?

Y con todas estas armas a nuestra disposición los lectores vivimos una época dorada donde tenemos infinidad de libros a nuestro alcance. Y los amantes de la novela podemos elegir entre todos los géneros posibles.

¿Qué fue antes el lector o el escritor? ¿Se puede ser escritor sin haber leído antes? Pero para poder leer, previamente alguien tiene que haber escrito. 

La formación de un escritor se asienta sobre los libros que lee a lo largo de su vida. Cada lectura involuntariamente se adhiere a nuestro cerebro. Como una experiencia vivida en nuestras propias carnes.  

¿En que momento un lector se convierte en escritor? En mi caso fue un rumor sordo que empezó en algún rincón de mi cabeza. Poco a poco se convirtió en un molesto terremoto que pugnaba por salir fuera. Y no paró hasta convertirse en una urgente obligación que me empujaba a contarla. El problema es que cuando esa historia acabó plasmada (y por fortuna, publicada) lejos de proporcionarme paz se convirtió en una obsesión que me obliga a contar más y más historias. Si leer engancha, escribir se convierte en una adicción absorbente.

Todos llevamos una buena historia dentro, solo tienes que animarte a empezarla. ¿A qué esperas para contarme la tuya?

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